Hoy fuimos a las Kaiata Falls. Fuimos en auto, por un camino entre Papamoa y Te Puke, largo pero divino. Una calle entre montañas que sube, baja, se afina y se ensancha. No sé cómo describirlo, en el auto iba pensando qué palabras usar para algo tan enorme, tan espléndido, diría mi abuela. Siempre que vemos algo nuevo queremos compartirlo, pero cómo compartirlo sin saber describirlo? Fotos, quizá, nunca abarcan todo.
Montañas, valles con algunas casitas siempre lindas, cálidas, estilo sur de EEUU, cada una con su huerta y caminito. Rodeadas de plantas lindas, arbolitos, colores, verdes, matices.
Llegamos a las cataratas después de esas vistas maravillosas pensando como no nos dejamos de sorprender. Empezamos a bajar por un caminito entre maleza, tal cual Villa Serrana y La Olla. Tal cual. Descendimos y los caminos se abrían en dos, tres, a veces con escaloncitos de madera, a veces simplemente tierra o piedras. Empiezan a aparecer paisajes, primero un arroyo lineal, ancho, agua dulce que no me deja de recordar al paraíso de Villa en ningún momento. Seguimos a paso lento y más vistas, de repente horizontes y acantilados, algo raro, es tan montañoso todo!
Para el otro lado, bueno, más laberintos. Ahora llegamos a un camino que da a las piedras desde donde se ven tres cataratas de unos cuantos metros, una sobre la otra. Yo me perdí del resto y las busco, ellas me esperaban en el auto, recién me entero. Las sigo buscando y busco también retratar algo de lo que veo: es imposibleee. La cámara no es nada, no me dan ganas de tocarla, nada puede capturar esa enormidad.
Vuelvo al auto y las encuentro, y volvemos buscando ese lugar para almorzar en las piedras, con la vista, con el aire y el sonido del agua. El sonido es lo que más me impresiona, lo que más me gusta. Me recuerda un poema de García Lorca que dice “y la canción del agua, es una cosa eterna…”. Me encanta ese poema, me lleva a Punta del Diablo, a mi niñez, a las rocas y las charlas con el agua. Cómo escucha, siempre pienso. Y cómo responde.
Comemos pizzas que hicimos hace un rato en la casa. De postre huevos de pascua que nos regalaron en el trabajo, con rellenos extraños. Charlamos y miramos. Y no charlamos. Me tiro en la toalla con música y el sonido de fondo, ese tan lindo. Al rato llegan los otros uruguaianos, nuestros pás, los responsables, los que siempre nos preguntan cómo estamos. Carla, Nico, Daniela y Chelo. Chelo quiere tirarse al agua y vamos en búsqueda del lugar desde donde pueda hacerlo.
Seguimos el camino desde donde vimos venir personas mojadas y nos encontramos con LA catarata. Un cataratón de bastantes metros (soy horrible calculando) rodeado de vegetación y algunas rocas. Vemos a unos chicos tirándose desde unas rocas al costado de donde viene la catarata, adonde se llega por un caminito ensopado, rocoso y resbaladizo.
Fua, qué divino. Chelo decide tirarse y Nico lo acompaña. Yo.. mmm, está helado, el agua ni quiero saber lo fría que es (todo sombra y agua de catarata…. Imposible) Se tiran ellos dos. Aaaa qué enviidiiia. Dicen que el agua está helada pero el salto vale la pena. Dani decide tirarse, y bueno, yo también. UFFFF qué miedito, soy cagona para el agua fría y más para un trampolín de 7 metros… Y cuando mirás para abajo ni te digo, parecen 25.
Bel y Dani me taparon mientras me ponía el bikini y nos mandamos por el caminito de la muerte…. Chestu y Carla cámara en mano, los ya tirados alentándonos y al aguaaaaaaaaaaa. Cómo grité! Caída eternaa me pareció jaja en realidad no fue tanto, pero después de caer el agua estaban tan tan fría que me congeló, de verdadddd. No sentí los dedos de los pies hasta muuucho rato después.



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